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12 mars 2016

NITITA

VIE AFRICAINE, par Habana


 
 
São Tomé y Príncipe no es apenas el país de las postales, de las playas con coqueros  que deslizan sus sombras sobre las tranquilas aguas de las playas. No es solo el archipiélago de los halcones y los papagayos, las canoas de pescadores regresando al atardecer a casa, el cacao y el mejor chocolate del mundo… São Tomé y Príncipe es también la vida de las personas que llenan las calles y los barrios y que pocas veces es recogida en artículos o fotos, la de  Nitita  es una de ellas, de esas personas.
 
Con sus cincuenta años Nitita piensa que ya vivió de todo y que poco de nuevo le puede ocurrir. Acaso se quedará sin leer o que le lean El Canto obscuro de las raíces (São Lima, de la obra “A dolorosa raíz do Micondó”). Su casa quemó, su casa de madera, por un descuido o una brujería, ella no sabe cuál de las dos causas. Lo cierto es que los bomberos no llegaron a tiempo y ese día no había agua en las canalizaciones del  barrio para que los populares apagasen el fuego, ni en el lavadero recién inaugurado por causa de la campaña electoral. El único niño que tenía, o sea su hijo -de un padre que se fue-, murió atropellado en la carretera de Budo-Budo, en la capital. En la obscuridad de la noche y durante una semana, una antorcha, encendida al borde de la carretera general, orientó el camino hacia la casa del niño muerto: vecinos y amigos se juntaron en el “quintal” desde el atardecer hasta el amanecer, acompañando con historias a Nitita que repetía a todo el que quisiera oír la “inversión” que había hecho en aquel hijo para nada. 

 

Cuando la antorcha se apagó  y se acabaron las noches de café, aguardiente y cartas, vino el espacio para el recuerdo de un ser querido, el dolor que nunca se cura y la resignación.

 

 
Rehecha por obligación, con las cicatrices de la vida, años después Nitita encontró un trabajo de limpieza en un tramo de la ciudad (“su territorio”), tramo en el que un día sí y otro también recogía hojas, papeles, polvo… que introducía en un carrito de plástico de algún proyecto de cooperación. En ese tramo “su territorio”, arrastrando los pies de una orilla a otra de la carretera, entre coches y motos uno la veía con un pañuelo en la cabeza y una escoba tradicional (hecha de rama de palmera) en la mano, y cuando no la veía era porque “cayó enferma”, decían. Hay quien también decía que tenía tres hombres, porque decir es libre, pero ella se quejaba de que no tenía ninguno, si tener significaba compartir los destinos con alguien, los destinos y las brujerías. Además, la costumbre también dictaba que eran los hombres los que tenían tres mujeres (la esposa o de casa, la rival o placela y la aventura o vivencia). Lo cierto es que si todos los hombres tenían tres mujeres, como decían,  también habría mujeres con varios hombres “boquitos” (a los que piden algún apoyo económico de vez en cuando y con quienes se reúnen para juegos de sexo al mismo ritmo) u otra cosa. Las matemáticas no fallan. Ella cuenta que en diciembre tenía un hombre, un solo hombre, y yo recuerdo haberla visto en esa época bajando la carretera melena canosa al aire, como si fuera otra. Lo que hace la pasión. Aquel hombre no le gustó y en enero encontró otro, así lo cuenta, aunque no explica si los va acumulando. O sea que lo que dicen puede ser cierto como no: está claro que ella tiene un hombre a cada vez y no por mucho tiempo.
 
No era fácil saber sobre la vida de Nitita, como no era fácil saber de qué vivía la mayoría de esa gente anónima si no entendíamos los lazos de entreayuda que existían bajo el árbol de Micondó. Cada quince días, dicen sus vecinas, Nitita recibía de la Cámara Distrital (alcaldía) raciones de comida con lo esencial para vivir, como compensación por mantener limpio “su territorio”, aquel trozo de la calle Budo-Budo. Un espacio que siempre estaba bien limpio porque era el santuario de su dignidad.
 
 
 
 

por Habana. Photos © Inês Gonsalves

 

 

 

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